En los últimos tiempos se ha descubierto que los sabores y las emociones están íntimamente relacionados. Porque el ser humano y su alimento son, ambos, el reflejo de la misma naturaleza, la preferencia o el rechazo por determinados alimentos marcan tendencias emocionales.
Ya que el hambre que sentimos a menudo tiene un alto componente psicológico, nuestro carácter y estado de ánimo nos hace, a la hora de sentarnos a la mesa o elegir un snack, optar por ciertos placeres culinarios y dejar de lado otros…
Básicamente, se puede hablar de cinco sabores principales:
- SALADO:
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El problema con la sal es que si se abusa de ella, cada vez se necesitará comer más y más. De ahí que los alimentos salados estén íntimamente asociados con los deseos compulsivos y la ansiedad.
- DULCE:
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La apetencia por lo dulce está asociada con la preocupación. Moderadamente, el sabor dulce calma la inquietud y el humor excitado, pero también puede llevar a sentimientos de codicia y complacencia, e incluso a la dependencia emocional. En general, la falta de alimentos dulces puede causar depresión o ansiedad.
- PICANTE:
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Cualquier picante es, en un punto, un excitante físico y un estímulo para las sensaciones corporales. Pero consumido en exceso, lo que hace es irritar. Exactamente lo mismo sucede con las emociones en relación a alimentos de esta característica. También se asocia lo picante con la tristeza, por lo que en dosis moderadas puede compensar un estado melancólico.
- ACIDO:
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Por una parte, los sabores ácidos, así como los agrios, agudizan el intelecto y promueven el ingenio. Pero su exceso puede tener un efecto sobre el carácter, tornándolo amargo y provocando resentimientos.
- AMARGO:
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El exceso de alimentos de este sabor suele estar asociado a emociones tristes, sensaciones de insatisfacción y frustraciones. Pero en forma moderada beneficia el corazón y el intestino delgado, y por eso se lo asocia con la alegría y el amor.
Y tú, ¿a qué grupo perteneces?