Para muchas mujeres, el irse a vivir con su pareja representa un paso decisivo en su vida. Comenzar a compartir de a dos los detalles diarios de la vida, acostarse cada noche con la persona que ama y hacerla partícipe de nuestros éxitos o fracasos, pequeñas batallas cotidianas que perdimos o ganamos.
Sin embargo, esto no ocurre siempre de la misma forma. Hay parejas que se acoplan de maravilla a esta nueva forma de vida, y hay quienes sufren el llamado “período de ajuste”. A estas últimas, les cuesta acostumbrarse a compartir con otra persona un espacio que antes era propio e individual.
Aunque esto es normal en muchos casos, hay muchas parejas que no sobreviven a este proceso y acaban separándose por no saber como llevar este período de cambios y nuevas vivencias.
¿Cómo no fallar en el intento por convivir con nuestra pareja?
En primer lugar, es fundamental que cuando la pareja se va a vivir junta tienen que haber ciertos cambios. Fundamentalmente, cada uno debe dejar el egoísmo de lado, y comprender que sus caprichos personales y sus hábitos desde ese momento no deben avasallar al otro.
Habrá cosas a las que debamos renunciar, cosas que tengamos que hacer cuando estemos solos y otras que seguiremos haciendo sin problemas. Todo dependerá del acuerdo que logremos con nuestra pareja, qué cosas le molestan y con cuáles puede convivir tranquilamente.
Por ejemplo, si a uno de los dos le gusta ver televisión antes de dormir y al otro no, se puede buscar una solución que deje conformes a ambos: el que ve televisión, que vaya al living hasta que termine el programa. O que la escuche a bajo volumen. O que la deje prendida hasta cierta hora y luego la apague. La solución dependerá de ambos. Pero es importante que cada cual resigne algo propio, y que a la vez, le tolere ciertas cosas al otro. Con el egoísmo y el orgullo de no ceder nada, solo se llegará a un sitio: el fracaso y la separación.
En segundo lugar, habrá que extremar los hábitos de limpieza e higiene. No es agradable ir ducharse y encontrar ropa interior mojada tirada dentro de la bañera, ni el jabón ablandado en el suelo. Tampoco ir a la cocina y que los platos sucios de la noche anterior estén todavía allí. Cuando vivimos de a dos, tenemos que respetar a nuestro compañero. A nadie le molesta su propio desorden ni su propia suciedad, pero la del otro tiene la peculiaridad de disturbarnos el doble. Lo mismo le sucederá al otro. Por eso, será muy útil repartirse los labores del hogar indicando a quien le corresponde hacer qué cosas.
También es importante ser ordenado con las cosas nuestras que influyen en las del otro: no involucremos al otro en nuestro propio desorden. Para esto es de mucha ayuda que cada uno tenga un espacio que le pertenezca con exclusividad. Por ejemplo, su escritorio puede estar lleno de papeles viejos, colillas de cigarrillos y discos sacados de sus cajas. En tu escritorio, podrás tener el orden y la pulcritud que quieras, y él no podrá apoyar en él las cosas que en el suyo no entran.
En todos los casos, cuando surjan discusiones y peleas, nunca sebes olvidar por qué elegiste vivir con él. El amor que se tienen mutuamente, la compañía mutua que se hacen, las palabras de aliento que recibimos cuando estamos mal… tienen que ser más importante que alguna incomodidad doméstica. No hay nada que el amor, si es real, no pueda solucionar. La tolerancia y la capacidad de diálogo para poder llegar a un acuerdo van a ser, finalmente, las claves para que tengan una buena convivencia, y la pareja no muera en el intento.